jueves, 9 de febrero de 2012

ESA DAMA

Quise saber el nombre
de esa dama de ojeras enigmáticas
y surcos en el rostro.
Observé sus andares fatigados,
sus caderas sin ritmo, derrengadas.

Pregunté cuánto peso soportaban sus hombros,
cuánta vida guardaba entre los dientes,
cuánta muerte a la espalda,
cuánta luz en el fondo
más hondo de sus ojos.

Era tan bella como una tormenta
y juré perseguirla hasta el infierno.

-Haré lo que tú quieras -le propuse-
sólo pido que, a cambio,
me dictes un poema cada noche.

Se llamaba tristeza. Desde entonces
vivimos el romance más hermoso.