domingo, 27 de agosto de 2017

EL LUGAR DE LOS CRÍMENES

Cuando a veces regreso al lugar de los crímenes
una tristeza sorda, insoportable
se me posa a la altura del diafragma
como si fuera un ave moribunda.

Paseo entre los pinos, los parajes que vieron
el lienzo de mi vida, aún sin manchar
por el burdo pincel de la derrota.

Se aparecen mis muertos con su mejor sonrisa,
solo ellos me acompañan;
los vivos me saludan -cómo estás,
me he alegrado de verte-
y siguen su camino.
Yo les miento que bien, que no me quejo,
tratando de esconder tras una broma
y una sonrisa falsa
esta vulgaridad de estar llorando.

La soledad aquí es más evidente,
más cruel y más impúdica;
me aferro a la correa de mi perro
y desando los días.

Ni siquiera hace falta despedirse,
hace tiempo que han muerto los adioses.